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jueves, 31 de enero de 2013

El Romance Divino - Paramahansa Yogananda










El mayor romance que puedes tener es el 
romance con Dios... 
El es el amante y nuestras almas son las amadas, 
y cuando el alma halla al mayor amante del
 universo, entonces empieza el romance divino.


Paramahansa Yogananda




martes, 15 de mayo de 2012

Sobre Cristo - Ramtha



Ahora, yo deseo que entiendas lo siguiente:  Yeshua vivió en este plano en un tiempo en donde el hombre no amaba al hombre, sino que lo esclavizaba, y el amor no se consideraba cosa de gran estima.  Pero Yeshua ejemplificó el amor ~ ¡Para cada uno!  Fue ese mismo amor lo que alentaría a su ser para ser aclamado “salvador del mundo”, porque él trajo amor a este plano donde muy pocos lo expresaban, y él lo dio abiertamente a cada uno.  Él trajo también la enseñanza de que el Padre no es un Dios de retribución y enjuiciamiento, sino el Dios de la compasión, del perdón, de la gracia y el amante de todas las cosas.  Desafortunadamente, este entendimiento ha sido enormemente alterado a lo largo de la historia, y por medio de las escrituras de aquéllos que menos entendieron las enseñanzas de esta alma inmaculada.
Yeshua amó.  Ese fue su grandioso y magnífico regalo a la humanidad.  Él proclamó abiertamente que la fuente de todo el amor era el Padre que vivía dentro de él ~ el mismo Padre que vivía dentro de todas las gentes.  Lo que le dio a Yeshua la libertad y el poder de abrazar a toda la humanidad fue saber que el Padre y él eran uno y el mismo.  Él apartó todas las ilusiones que le causaron vivir en la hipocresía; y al hacerlo, expresó completamente al Padre que vivía dentro de él.  Así, Yeshua se convirtió en un Cristo:  hombre expresándose totalmente como Dios; Dios expresándose completamente dentro del hombre.  Éso es lo que el término “Cristo” quiere decir:  Dios-hombre, hombre-Dios.  Un Cristo es todo aquel que se da cuenta que él es Dios, y entonces vive esa realidad. 
                                                            
                                                              Ramtha

miércoles, 9 de mayo de 2012

Del maravilloso afecto del Divino Amor - Tomás Kempis



Capítulo V: Del maravilloso afecto del divino amor.

El Alma:

1. Bendígote, Padre celestial, Padre de mi Señor Jesucristo, que tuviste por bien
acordarte de este pobre.
¡Oh Padre de las misericordias, y Dios de toda consolación! Gracias te doy porque a mí,
indigno de todo consuelo, algunas veces recreas con tu consolación.
Bendígote y te glorifico siempre con tu Unigénito Hijo, con el Espíritu Santo
consolador por los siglos de los siglos.
¡Oh Señor Dios, amador santo mío! Cuando Tú vinieres a mi corazón, se alegrarán
todas mis entrañas.
Tú eres mi gloria y la alegría de mi corazón.
Tú eres mi esperanza y refugio en el día de mi tribulación.
2. Mas porque soy aún flaco en el amor e imperfecto en la virtud, por eso tengo
necesidad de ser fortalecido y consolado por Ti.
Por eso visítame, Señor, más veces, e instrúyeme con santas doctrinas.
Líbrame de mis malas pasiones, y sana mi corazón de todas mis aficiones desordenadas;
porque sano y buen purgado en lo interior, sea apto para amarte, fuerte para sufrir, y
firme para perseverar.
3. Gran cosa es el amor, y bien sobremanera grande; él solo hace ligero todo lo pesado,
y lleva con igualdad todo lo desigual.
Pues lleva la carga sin carga, y hace dulce y sabroso todo lo amargo.
El amor noble de Jesús nos anima a hacer grandes cosas, y mueve a desear siempre lo
más perfecto.
El amor quiere estar en lo más alto, y no ser detenido de ninguna cosa baja.
El amor quiere ser libre, y ajeno de toda afición mundana; porque no se impida su vista,
ni se embarace en ocupaciones de provecho temporal, o caiga por algún daño.
No hay cosa más dulce que el amor; nada más fuerte, nada más alto, nada más ancho,
nada más alegre, nada más lleno, ni mejor en el cielo ni en la tierra; porque el amor
nació de Dios, y no puede aquietarse con todo lo criado, sino con el mismo Dios.
4. El que ama, vuela, corre y se alegra, es libre y no embarazado.
Todo lo da por todo; y todo lo tiene en todo; porque descansa en un Sumo bien sobre
todas las cosas, del cual mana y procede todo bien.
No mira a los dones, sino que se vuelve al dador sobre todos los bienes.
El amor muchas veces no guarda modo, mas se enardece sobre todo modo.
El amor no siente la carga, ni hace caso de los trabajos; desea más de lo que puede: no
se queja que le manden lo imposible; porque cree que todo lo puede y le conviene.
Pues para todos es bueno, y muchas cosas ejecuta y pone por obra, en las cuales el que
no ama, desfallece y cae.
5. El amor siempre vela, y durmiendo no duerme.
Fatigado no se cansa; angustiado no se angustia; espantado no se espanta: sino, como
viva llama y ardiente luz, sube a lo alto y se remonta con seguridad.
Si alguno ama, conoce lo que dice esta voz:
Grande clamor es en los oídos de Dios el abrasado afecto del alma que dice: Dios mío,
amor mío, Tú todo mío, y yo todo tuyo.
6. Dilátame en el amor, para que aprenda a gustar con la boca interior del corazón cuán
suave es amar y derretirse y nadar en el amor.


Sea yo cautivo del amor, saliendo de mí por él grande fervor y admiración.
Cante yo cánticos de amor: sígate, amado mío, a lo alto, y desfallezca mi alma en tu
alabanza, alegrándome por el amor.
Amete yo más que a mí, y no me ame a mí sino por Ti, y en Ti a todos los que de
verdad te aman como manda la ley del amor, que emana de Ti como un resplandor de tu
divinidad.
7. El amor es diligente, sincero, piadoso, alegre y deleitable, fuerte, sufrido, fiel,
prudente, magnánimo, varonil y nunca se busca a sí mismo; porque cuando alguno se
busca a sí mismo, luego cae del amor.
El amor es muy mirado, humilde y recto; no es regalón, liviano, ni entiende en cosas
vanas; es sombrío, casto, firme, quieto y recatado contra todos los sentidos.
El amor es sumiso y obediente a los superiores, vil y despreciado para sí; para Dios
devoto y agradecido, confiando y esperando siempre en El, aun cuando no le regala,
porque no vive ninguno en amor sin dolor.
8. El que no está dispuesto a sufrirlo todo, y a hacer la voluntad del amado, no es digno
de llamarse amante.
Conviene al que ama abrazar de buena voluntad por el amado todo lo duro y amargo, y
no apartarse de El por cosa contraria que acaezca.


Extraído del libro Imitación de Cristo - Tomás Kempis